martes, 9 de septiembre de 2008

DESDE CUBA ... TIERRA ARRASADA


La Habana estaba ya en fase de alerta ciclónica cuando regresé el domingo después de un periplo por Pinar del Río. Pocas veces me he alegrado tanto de ver los puentes elevados de la calle 100 y Boyeros, como después del desfile de estructuras destruidas que percibí en el occidente. A ambos lados de la carretera se podía comprobar el lugar por donde pasaron los vientos superiores a 200 kilómetros por hora, justamente en la zona entre Los Palacios y San Diego. La vegetación seca, doblada en la dirección de las rachas más fuertes y cientos de casas sin techo o en el piso. Hasta el resistente marabú sufrió con el huracán, más que con todos los publicitados planes para eliminarlo.

Gente llorando su suerte, con la casa en el piso y las fotos de la infancia destruidas por el agua. Un bicitaxista mandó a sus hijas a casa de una tía, porque no tenía dinero para pagar el costo de 9.70 pesos que exhibe cada teja de asbesto cemento distribuida a los damnificados. Desolación y duda ante un futuro que ya tenía tonos sombríos, pero que ahora se tiñe –con razón– del peor de los ocres. Cosechas en el piso, sin ninguna compañía aseguradora que responda por ellas. Efectos electrodomésticos comprados en el mercado informal que ni siquiera pueden ser declarados como perdidos, pues para el Estado nunca existieron.

La indefensión del ciudadano ante estos eventos climatológicos es apabullante. Un martillo cuesta prácticamente el salario de un mes y disponer de tablas y clavos es un lujo del que pueden hacer uso unos pocos. Sólo queda una opción cuando llegan los ciclones: evacuarse y dejar las pertenencias más voluminosas a merced del temporal. Lo más difícil de procesar para los que queremos ayudar es la ausencia de un camino civil que haga llegar las donaciones a las víctimas. Las estructuras de distribución del Estado no pueden despojarse de la indolencia y la mala organización que muestran en el resto de las actividades económicas. El camino de las Iglesias es escogido por muchos, pero le falta infraestructura y personal para llegar a todas partes.

La tarde de ayer domingo conversamos con los integrantes del equipo de Convivencia y otros miembros de la incipiente sociedad civil pinareña, sobre cómo llevar ropa, comida y medicinas a los perjudicados. Desafortunadamente, todas las posibilidades han sido desmontadas a lo largo de años en que los ciudadanos cubanos hemos perdido nuestra autonomía ante un Estado sobreprotector y autoritario. Si un grupo de personas pudiera acopiar ayuda, el problema sería trasladarla hacia las zonas de desastre y repartirla sin que una delación los haga terminar detenidos. De ahí, que la iniciativa más viable es el envío de dinero en efectivo, por parte de los familiares emigrados, a sus parientes en Cuba. Los que residimos en la Isla, y queremos echar una mano, debemos personarnos en las áreas devastadas y entregar directamente allí nuestras donaciones. “Cualquier cosa ayuda” me dijo un señor hipeando de la tristeza, mientras me enseñaba su casa –ya paupérrima antes del ciclón– y ahora en el suelo.

Y yo me pregunto:
¿Se puede ayudar sin que el régimen se quede con la ayuda?

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